Las decisiones que ya tomaste tienen nombre

El episodio que esta edición acompaña:

Tu intuición y tu sentido común son el capital más valioso de tu pyme
Tu intuición y tu sentido común son el capital más valioso de tu pyme · 4:08

Hace unos años, ya pasada la pandemia, un cliente mío que alquila equipos industriales notó algo que lo venía fastidiando. Sus equipos estaban impecables; los de sus competidores, destruidos. El que alquilaba enfrente sufría paradas a cada rato — plata perdida, trabajos demorados. Y sin embargo, todos cobraban lo mismo.

Un día le hizo a su socio una pregunta sencilla: “¿Por qué, si mis equipos están mejor mantenidos y son más nuevos, valen lo mismo que los de la competencia?”

Después se reunió con su gerente de ventas: con efecto inmediato, la renovación de los contratos subía un setenta y cinco por ciento, y el alquiler nuevo, el doble. La organización comercial le hizo caso a desgano, esperando lo peor. Perdieron dos clientes. El resto siguió alquilando al precio nuevo, sin chistar.

No fue un manotazo. Él había visto algo que sus vendedores no: después de la pandemia no se conseguían equipos nuevos —no había bicicletas, no había autos, mucho menos equipamiento de este tipo— y para sostener un trabajo en marcha la única flota confiable era la suya. El que necesitaba seguir produciendo iba a pagar.

Cuando le pregunté por qué lo había hecho de un día para el otro, me contestó: “Porque ya me había cansado de trabajar para nada.” Y lo decía en serio: si no pagaban el precio nuevo, vendía la flota y ponía esa plata en otra cosa.

Cuando le dije que eso que había hecho tenía nombre, y que ese nombre se enseña en las mejores escuelas de negocios del mundo, se rió. Pensó que le estaba haciendo una broma para quedar bien.

No era una broma. Y esa es la idea de esta edición.

Eso no fue suerte

Quiero decirte algo que en treinta años trabajando con empresas, dieciocho de ellos con pymes, pocas veces escuché que alguien le diga a un dueño con todas las letras. Eso que construiste no fue suerte. Tampoco fue improvisación.

Es conocimiento acumulado: años de decisiones, grandes y chicas, que fueron dejando huella en tu forma de razonar. Cuando aparece, lo llamás intuición o sentido común, según el día. El tema es que hoy ese conocimiento vive en una sola cabeza: la tuya. Y el desafío de una pyme es que exista también en la organización, y que llegue a los que vienen después. Familiares o no.

Lo mismo que el dueño de los equipos. Lo mismo te pasa a vos.

Tres decisiones que ya tomaste

En el video de ayer las nombré al pasar. Acá van despacio, porque cada una tiene detrás una disciplina entera.

Subir un precio sabiendo que algunos se van, y bancarte el mes que viene con menos facturación: eso se llama política de precios. Hay empresas que pagan por asesoramiento para llegar a la misma decisión que vos tomaste solo, en tu oficina, entre dos urgencias.

Dejar ir al cliente que te pagaba tarde, te peleaba cada factura y te copaba media planta: segmentación por rentabilidad. Estás eligiendo con quién querés trabajar en función de lo que cada uno deja, que es exactamente lo que hace una empresa grande con un modelo y un equipo detrás.

Atenderlo vos, en persona, un sábado, al cliente que te sostiene el año: gestión de cuentas clave. Estás asignando tu recurso más caro —tu tiempo— a la cuenta que más pesa.

Ninguna de las tres la aprendiste en un aula. Las tres las tomaste de igual modo.

Tu sentido común no es la ausencia de un método. Es la presencia de uno. Lo que pasa es que nadie se tomó el trabajo de nombrarlo.

Vas a escuchar lo contrario

Y conviene que lo tengas resuelto antes de que te lo digan, porque te lo van a decir. En un libro, en una charla, en boca de otros consultores: que ese sentido común ya no te alcanza, que tiene los días contados, que este mundo no es para improvisados.

Es la mitad de la verdad.

El que tiene los días contados es el sentido común que se queda solo en eso: sin nombre, sin método, viviendo nada más que adentro de tu cabeza. Ese, efectivamente, no te alcanza más. Pero ordenado y amplificado por un sistema, te va a rendir más cada año.

Y esto no es mi opinión contra la de otro.

Lo que dice la investigación

Robert Sternberg dedicó buena parte de su carrera, primero en Yale, a una pregunta que en el ambiente académico mueve cimientos: si el cociente intelectual y las notas miden tan bien la inteligencia, ¿por qué tanta gente brillante en el papel decide mal en la vida real, y tanta gente sin diplomas termina haciendo que las cosas pasen?

Lo que encontró es que no hay una sola inteligencia. Está la analítica, que es la que mide la escuela. Está la creativa, la de encontrar la salida que nadie veía. Y hay una tercera, que llamó práctica. Las dos últimas —no la del aula— son las que mejor predicen quién consigue resultados de verdad.

Y lo escribió con todas las letras: la inteligencia práctica es lo que la mayoría de la gente llama sentido común.

Hay un concepto más en su trabajo que vale la pena que te lleves, porque describe tu situación mejor que cualquier cosa que yo te pueda decir: el conocimiento tácito. Es lo que hace falta saber para desenvolverse en un entorno y que nadie enseña de manera explícita. No está en ningún manual, no se transmite en un curso y casi nunca está escrito. Se aprende haciendo, y vive adentro de la cabeza del que lo aprendió.

Eso es lo que tenés. Y es también, exactamente, el problema.

¿Por qué el nombre no es un detalle?

Podrías decirme, con razón, que el nombre no cambia nada: la decisión ya está tomada y funcionó igual. Y es cierto, en ese caso. El problema es el siguiente.

Cuando algo no tiene nombre, no se puede repetir a propósito. Lo hacés bien una vez y no sabés bien por qué salió bien, así que la próxima volvés a empezar de cero, con el estómago apretado otra vez. Tampoco se lo podés pasar al que viene detrás, ni a tu hijo, ni a la persona que contrataste para que un día maneje esto sin vos.

Ese es el techo de casi todas las pymes que conozco. No es un techo de talento. Es un techo de traducción: el oficio está, y lo que falta es el nombre que lo vuelve enseñable.

Y esto tampoco lo digo yo. El caso más citado de la literatura del conocimiento en las organizaciones es, justamente, el de un oficio sin nombre. En 1985, Matsushita —la actual Panasonic— no conseguía que su máquina de hacer pan amasara bien. Una desarrolladora, Ikuko Tanaka, se fue a aprender al Osaka International Hotel, que tenía fama de hacer el mejor pan de Osaka. Mirando al jefe de panadería, descubrió que el hombre no solo estiraba la masa: la estiraba torciéndola. Un año de prueba y error después, ese gesto tenía nombre —el amasado torcido— y especificaciones que los ingenieros pudieron reproducir en la máquina. El producto rompió el récord de ventas de electrodomésticos de cocina en su primer año.

El panadero tenía la técnica en las manos desde siempre. La organización la tuvo el día que alguien la nombró.

Por eso hago lo que hago. No vengo a enseñarte desde cero, como si llegaras sin nada. Todos estos años de tus decisiones acumuladas no son “nada”. Vengo a algo más simple: ponerle nombre y método a lo que ya funciona —eso es inteligencia comercial— para poder pensarlo antes de hacerlo, y para que funcione también los días que no estás.

Tu cita para mañana

Agarrá una hoja y anotá tres decisiones comerciales que hayas tomado por instinto en el último año. Tres. No hace falta que sean grandes: un precio que moviste, un cliente que soltaste, un pedido que rechazaste, un vendedor que sacaste de una cuenta.

Al lado de cada una, escribí en una línea qué pasó después.

Y a cada una pasale las tres preguntas de la edición anterior: si te trajo clientes nuevos, si te ayudó a mantener los que tenías, si te hizo ganar más. No todas van a contestar las tres. Con que contesten una, ya sabés qué estabas cuidando cuando la tomaste.

Eso es todo. Diez minutos.

Cuando lo tengas, mirá la hoja completa. No estás mirando tres anécdotas sueltas: estás mirando tu forma de decidir, escrita por primera vez. Es el material con el que se trabaja después. Y sin nombre, el conocimiento existe, pero solo existe mientras estás vos.

Si te sirvió, suscribite para no perderte las próximas ediciones. Y si te animás, dejame en los comentarios una de las tres decisiones de tu lista; yo te digo cómo se llama.

Diagnóstico primero, éxito después. Lo demás es gasto.

Domingo

Fuentes de esta edición: Robert J. Sternberg, “Practical Intelligence in Everyday Life” (Cambridge University Press, 2000) — la frase citada abre el prefacio, p. xi; la teoría de las tres inteligencias está desarrollada en “Inteligencia exitosa” (1996). El caso de la panificadora de Matsushita está contado por Ikujiro Nonaka en “The Knowledge-Creating Company”, Harvard Business Review, noviembre-diciembre de 1991.

El caso de esta edición es de primera mano y está anonimizado: sin nombres, con el rubro descrito en general y sin datos que permitan identificar a la empresa. Las cifras son las reales.


Esta edición se publicó también en mi newsletter de LinkedIn, “Pyme: diagnóstico primero”. Sale una idea por semana, todos los miércoles. Si querés que te llegue, suscribite acá: Pyme: diagnóstico primero.

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Ver la transcripción del episodio

Transcripción del episodio, corregida solo en los errores de la transcripción automática. Es lo que se dice en el video.

Hola, soy Domingo Sanna, y en este episodio voy a mostrarte por qué tu intuición y tu sentido común son tu mejor capital para tu pyme.

Si tu pyme está funcionando y cubre sus costos, tenés clientes, ganás plata de vez en cuando, bueno: nada de esto sucede por pura casualidad. Hace mucho tiempo pensaste en algo, creíste en ello, le diste forma —una idea de un producto, de un servicio—, lo pusiste a funcionar, conseguiste un cliente. A ese cliente le fue bien, conseguiste otros, y la empresa empezó a crecer.

En el camino tomaste un sinnúmero de decisiones, muchas buenas, otras no tanto. Aguantaste banquinazos del mercado, de la macroeconomía, de tu propio negocio. Pero acá estás. Y ese es un mérito que hay que reconocerte.

Quiero decirte que en los años que llevo trabajando en las pymes pocas veces escuché a alguien que le diga al dueño de la pyme: esto que hiciste acá no fue suerte ni fue improvisación, tampoco fue casualidad. Porque cuando hubo que fijar precios los fijaste. Cuando tuviste que elegir qué clientes te acompañaban y cuáles no, los seleccionaste. Cuando tuviste que proteger a tu personal, lo hiciste. Cuando tenés que tratar con los mejores clientes o los clientes más valiosos, te encargás personalmente de mantener esa relación, porque sabés que en la relación uno a uno, en esa confianza que generás, está la supervivencia de tu pyme.

Cada una de esas decisiones que tomaste probablemente sea el nombre de una materia en la universidad, pero a vos no te importa, porque cuando las tuviste que tomar las tomaste, porque dentro tuyo sabías que había que tomarlas. Pero ojo: ese sentido común que te lleva no es una ausencia de método, es un método en sí mismo. Lo que pasa es que hasta el día de hoy nadie te explicó que eso tiene un nombre. Y yo voy a llegar ahí.

Vas a escuchar de otros consultores, y tal vez lo vas a ver en algún libro, que con el sentido común no alcanza para gestionar una pyme. Pero yo creo que el sentido común, si queda encerrado en tu cabeza, sí, probablemente sea una limitante; pero si el sentido común se expande en forma de un método y se vuelve organizado, seguramente te va a permitir llegar lejos y seguir usándolo a lo largo de los años en tu pyme, así como te trajo hasta aquí.

Y acá no estoy poniendo mi opinión contra la del otro: me baso en la ciencia. Robert Sternberg investigó la inteligencia humana durante décadas, primero en la Universidad de Yale. Identificó que la inteligencia no es solamente un número que te da un test de coeficiente intelectual. De hecho, confirmó que muchas veces las personas que tenían éxito no tenían un coeficiente intelectual por encima del promedio, pero sí tenían inteligencia práctica: la capacidad de hacer que las cosas sucedan. Y lo escribió con todas las letras: la inteligencia práctica es lo que la mayoría de la gente llama sentido común.

Esa inteligencia práctica puesta a decidir a quién le vas a vender, qué le vas a prometer y a qué precio, tiene nombre: es la inteligencia comercial. No es una inteligencia nueva que tengas que salir a comprar: es la que ya usás, pensada para hacer. Como verás, yo no la inventé, pero como te prometí, ahora le puse nombre. Vos venías aplicando esto hace años con sentido común, y te trajo hasta acá.

Hay algo que quiero que te lleves de este episodio, y que vale para toda la serie: no vengo a sumarte cosas desde cero, como si llegara sin nada. Reconozco y aprecio que ya hiciste mucho logrando que tu pyme funcione. Mi rol es ayudarte a pasar de la intuición al método, para que eso que hoy funciona porque estás vos se pueda repetir a propósito en el resto de tu organización. Tu intuición y tu sentido común no se van a jubilar: te trajeron hasta acá, y no intento reemplazar tu criterio, intento amplificarlo y consolidarlo.

Agarrá una hoja y anotá tres decisiones comerciales que tomaste por instinto en el último año, indicando el resultado que dieron en forma objetiva. Acordate de las tres preguntas: si conseguiste nuevos clientes, si mantuviste los actuales, o si lograste ganar más dinero. Esta lista que construyas no es una anécdota: es tu punto de partida en la amplificación y el método.

Esto es “De la intuición al método”. Una idea por semana, todas las semanas. Te espero la próxima. Muchas gracias.

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